Bienvenido, Bob

2 bibliotecas: Zoé Valdés y Alberto Fuguet

Posted in General by Gonzalo Zada on 23 noviembre 2009

LIBROS CLANDESTINOS

Zoé Valdés (La Habana, 1959)

Creo que soy la única autora cubana que le ha entregado, con una esperanza más honda que el océano, un manuscrito a un balsero para que lo hiciera llegar a Estados Unidos. Fue La nada cotidiana, en el verano de 1994. Por suerte, balsero y manuscrito llegaron intactos a Estados Unidos. Aconteció en plena Crisis de los Balseros, en el verano más candente políticamente de la historia de Cuba.

En el invierno del 95 conseguí huir de Cuba, con dos maletas repletas de libros viejos. Por mucho que mi madre me incitara a que cargara con los trapitos que poseía como vestimenta, preferí apertrecharme de una parte –aunque fuese escuálida– de mi biblioteca. Al llegar al aeropuerto, el aduanero cariacontecido me informó que no podía permitir que pasaran los libros, ya que estos eran considerados patrimonio nacional por el «gobierno revolucionario». O sea que mi biblioteca, nada del otro mundo, bastante miserable, por cierto, ni siquiera me pertenecía, aun cuando yo la hubiera pagado de mi bolsillo.

Mi biblioteca constaba de unos tres mil títulos, la mayoría adquiridos en las librerías nacionales y estatales, con mis recursos, y por supuesto, se trataba de obras que habían pasado el tamiz de la censura. Claro estaba, que los que llevaba yo en las maletas en el momento de mi partida (que ya intuía definitiva), eran títulos de autores cubanos, aquellos de los que tenía plena consciencia, también en aquel instante, que no conseguiría adquirir en ninguna otra parte. Finalmente, gracias a una «palanca» (un alma caritativa con influencias, que trabajaba en el aeropuerto, y tirándole veinte dólares como quien no quiere la cosa) pude embarcar esas dos maletas que contenían el único tesoro que poseía: libros. Gran parte de aquel tesoro quedaba en el apartamento de mi madre y mío, pero que una vez fuera de Cuba dejaba de ser mi propiedad; quedaban, pues, a su resguardo; ella juró que iría enviándomelos poco a poco.

Así ocurrió, fue mandándomelos a buchitos, hasta que pudo salir de la isla, y entonces dejó al resguardo de otra persona lo que quedaba de mi biblioteca, quien también los ha ido enviando en paquetes de a cuatro o cinco volúmenes, según los que acepta transportar el visitante, turista de preferencia, de regreso a Europa.

Con los años –quince harán el 22 de enero próximo, de mi exilio–, mi relación sentimental con esa biblioteca ha variado. Por ejemplo, he ido rehaciendo los títulos faltantes, comprobando que los libros son el único tesoro que se puede reemplazar de cualquier modo, aun cuando el ejemplar leído, sus subrayados, hayan sido perdidos para siempre. La memoria siempre es más poderosa; los momentos de lectura, los recuerdos de esos subrayados, persisten por encima de cualquier drama que le confiere carácter de insalvable a ese objeto tan preciado que es el libro.

No sólo recuperé, pues, buena parte de esos tomos; además, me divertía jugándole travesuras a la memoria asociativa, subrayando y comentando, en el tiempo, aquellos pasajes que me hicieron delirar durante mi adolescencia o en mi primera juventud mientras saboreaba su lectura, y que ahora releía con otra visión, menos ingenua, más reflexiva, y hasta sincera.

Además, empecé a pasar de la euforia, de una alegría casi insostenible en cada encuentro con los paquetes, a una forma rara de melancolía, a una tristeza contenida e insondable, siempre que recibía –aún recibo, o sea que todavía entro en ese trance apesadumbrado– el dichoso paquete proveniente de la isla, conteniendo libros desencuadernados, húmedos, apolillados, manoseados, viejas ediciones subrayadas con tinta vencida, ilegible, comentados con manos temblorosas donde trasuda el miedo transido de lo leído bajo la autocensura, la censura y la terreur.

Porque no olvidemos que por leer un libro de un autor exiliado, en una cierta época no muy lejana, podías ir a dar con tus huesos en una celda de la antigua Villamarista, donde se encuentra Seguridad del Estado; lo mismo podían encerrarte durante horas o semanas en el cuarto frío, o en el de los cocodrilos, por el simple delito de haber «bailado el chachachá» con Guillermo Cabrera infante en alguna de sus novelas, o haberte perdido en El Monte, de Lydia Cabrera, autora a la que después de fallecida el propio régimen publicó hasta la saciedad, en los tardíos años noventa, y cuya venta se producía en divisas y en diplotiendas, incluso ese mismo título que había sido acusado de «diversionismo ideológico» por contener temas religiosos.

Desde entonces, siempre que me llega un paquete de libros, con él me invade la sensación de que estoy dándole cobijo a un clandestino en mi casa, a un prófugo, a un espalda mojada; es la razón por la que me cuesta muchísimo deshacerme de esos volúmenes, aun cuando se estén desmoronando y yo los haya suplantado por ediciones más modernas. Con ellos he establecido una relación psicológica, más humana que instructiva; de alguna manera forman parte de aquellas personas que dejé tras de mí, de mi historia íntima, de mis sueños.

Sólo dos libros –al menos que yo sepa o que pude darme cuenta– perdí en esas tribulaciones; ambos sé que fueron roba dos y conozco el nombre de la persona que se apoderó de ellos valiéndose de la enfermedad mental de mi madre. La biografía de Margarite Yourcenar por Josyane Savigneau, y el catálogo único y razonado de Robert Mapplethorpe. Eso es, sí, algo doloroso; saber que la satrapía ajena anduvo en tus pertenencias y se apoderó sin ningún tipo de escrúpulos de algo que tú no pudiste salvar de la ignominia. El tiempo dirá, porque el tiempo también es un libro maravilloso, jamás extraviado.

¿Cómo empecé yo a componer mi biblioteca? Desde muy niña, mi abuela se dio cuenta que me lo pasaba mejor con un libro que con una muñeca. Muñecas tampoco vendían muchas, salvo unas que el dictador Franco embarcó para Cuba para congraciarse con su «galleguito» preferido, pero más bien en poca cantidad. Entonces mi abuela se dedicó a comprarme libros. No teníamos medios para un estante, pero ella se encargó de colocármelos en una especie de altar, semejante al de la Santa Bárbara. Al morir mi abuela, yo seguí destinando el poco dinero que podía darme mi madre a adquirir libros. Sólo que para entonces me dio por leer ensayos de medicina, y leía inmensos tomos médicos, me interesaba bastante lo referente a las glándulas y al cerebro. No entendía demasiado, pero podía hojear las fotos de los casos clínicos, pacientes con abultamientos, adulteraciones, pechos de más en el caso de las mujeres, y estudiaba con interés toda clase de anomalía glandular. Luego volví a las novelas de aventuras, de piratas, o a mi querido Julio Verne. Perseguía, en las librerías de libros viejos, aquellas rarezas de poetas innombrables.

El espacio se fue haciendo pequeño y encontré un tanque de cincuenta y cinco galones y lo llevé a casa; ahí empecé a echar mis libros. Mi madre sospechaba ya para entonces que algo extraño sucedía en mi cabeza. No cesaba de preguntarme si me sentía bien, de tomarme la temperatura,

y hasta fuimos a ver a un psicólogo que empleó más tiempo en enamorar a mi progenitora que en hacerle caso a mi locura libresca. imagino que ya sabía que yo era un caso perdido.

En mis dos mudanzas posteriores, una parte de la biblioteca siempre se quedó con mi madre, que también leía empedernidamente. Fue ella quien me dio, a mis doce años, El Quijote. Con una frase: «Después de esto no hace falta leer nada más». Mi madre sólo había estudiado hasta el tercer grado, pero poseía un nivel tremendo de fineza al escoger sus lecturas, y luego hacía unas reseñas verbales estupendas; siempre te envolvía con su apreciación de la lectura que acababa de terminar, tanto, que en ocasiones su versión resultaba más interesante que la del propio autor.

Ahora mismo palpo entre mis manos una edición que a ella le gustaba mucho, el Cándido de Voltaire, editado en Cuba, en 1932. Luego dicen que en Cuba no había editoriales antes de 1959. Las había, como existieron librerías de renombre internacional, como fue La Moderna Poesía, y la Librería Madiedo, en O’Reilly y Villegas, entre otras muchas. Eso es algo que no se puede recuperar, las librerías, y ese ambiente fabuloso habanero, el entrar en una de ellas acabado de duchar, perfumado, vestido de punta en blanco, y pasearse por su interior, y acariciar los lomos de los libros, y escoger uno, que nos cambiará la vida.

Mi madre, divorciada de mi padre, tuvo algunos amantes; sin embargo, afirmaba que los mejores amantes eran los libros. Será por eso que nunca volvió a casarse. Es cierto que los libros generalmente son los objetos menos conflictivos de una casa, salvo cuando eres alérgico. Yo soy asmática, los libros debo desempolvarlos con frecuencia; aunque el olor a libro viejo me resulta fascinante, porque me recuerda mis viajes a las librerías de viejo en La Habana. En la memoria me da la sensación de una plenitud infinita.

El único conflicto que tuve con los libros, a decir verdad, fue precisamente con un amante. Un amante celoso, de los libros, para nada de mí. Yo era muy joven, él me llevaba unos quince años y poseía una hermosa biblioteca; me gustaban él y su biblioteca. Él, sin la biblioteca, no tanto. Enseriamos la relación a fuerza de lecturas; bueno, no sólo. Dejamos de ser amantes y empezamos a convivir bajo el mismo techo. Una noche me sorprendió leyendo un libro, tomando notas, y subrayándolo. Dio una clase de escándalo que todavía los vecinos se deben de acordar del incidente; no podía soportar que le subrayaran los libros de su propiedad, porque un día los exégetas confundirían mis subrayados con los suyos, y nadie entendería nada, ¡qué pensaría la posteridad! Era un escritor consagrado con las publicaciones; yo, una pichona de escritora, aún sin publicar, ni soñarlo siquiera. Pedí perdón y nunca más pude ni quise subrayar uno de sus libros, ni siquiera sentí deseos de copiar frases de ellos.

Hoy lo comprendo; a mí también, en la actualidad, me da rabia que me manoseen los libros que he leído. Con los años me he vuelto maniática, y la manía se ha agudizado en relación a los libros. Por ejemplo, si voy a comprar uno, jamás cojo el ejemplar que está encima, invariablemente muevo toda la pila para llevarme el último que se halla debajo de todos los demás. Me aseguro, de este modo, de su virginidad. ¡Como si importara tanto la virginidad de un libro, ni de nada, ni de nadie!

Además, no enseño demasiado mi biblioteca; no me gusta que me la critiquen, o que, por el contrario, despierte tanto interés que algunos empiecen a copiar mis gustos.

Hace poco, una amiga que me visitaba reparó en que no la dejaba entrar en mi salón de trabajo, y pensó que me hallaba enfrascada en un trabajo secreto. Nada de secreto, le confesé; es que me da cosa que vean mis libros, que descubran mis elecciones, que reparen en los títulos que amo; y que luego esos títulos se vayan con otra persona. Lo vivo como una traición. Mi amiga me miró como si me hubiera vuelto loca. No estoy lejos, lo sé; la obsesión es un camino breve.

A veces se me pierde un título y me pongo a llamarlo en voz alta: «Manuel Mujica Láinez, El escarabajo, ¿dónde estás?», y al punto aparece. ¿No es raro?

No soy muy ordenada en relación a los libros, no concibo una biblioteca conservada en archivos. Lo mío es el caos dentro del cosmos. A ojo de buen cubero puedo encontrar cualquier libro, en medio del amontonamiento que se acumula en los estantes a mis espaldas. Porque mis libros están situados justo detrás de mí, como guardianes de mi jornada laboral. Mientras trabajo, sentirlos ahí, cuidándome, me da una seguridad nunca antes experimentada.

Incluso hablo con ellos. O mis personajes se comunican a través de mí con ellos. Es más fuerte que yo; cuando escribo una novela, los personajes van emergiendo de mí, a través de mi voz. Escribo y sus voces se materializan, y de buenas a primeras, la señora sentada en un parque del capítulo cinco de mi texto se pone a conversar amenamente, mientras saborea un helado Berthillon, con la duquesa de Guermantes, de Marcel Proust, o con el Limpiaculos de Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais. O con Bouvard y Pécuchet, de Gustave Flaubert, en un banco del Boulevard Bourdon, que es donde vivo, y donde comienza también esa inmensa y generosa novela:

«Comme il faisait une chaleur de 33 degrès, le boulevard Bourdon se trouvait absolutment désert.»

(«Como hacía un calor de 33 grados, el boulevard Bourdon se encontraba absolutamente desierto.»)

Es uno de los comienzos de novela que más me gustan. Con esa frase comencé a tomar en serio la biblioteca de mis sueños, la perdida, la hallada, la buscada, la infinita, la eterna.

VIAJES POR TU CUENTA

Alberto Fuguet (Santiago de Chile, 1964)

Creo que no cumpliré mi rito.

Creo que ya no lo cumplí.

Definitivamente.

Perdoname Señor pues he pecado. O, al menos, no hice lo que pensé hacer: ordenar mi biblioteca. Que es como ordenar mi departamento, porque mi biblioteca no es inmensa pero sí traspasa habitaciones. La parte principal está en el living y el living está fusionado con la cocina. Es lo mismo, una sola cosa. Libros y ollas, y sales y aceites, más libros y sofás.

Este es mi rito: el rito que no he cumplido. Está asociado con editar (sacar/terminar) un libro nuevo. ¿Editar? ¿Esa es la palabra? No, terminar. Finalizar. Acabar. ¿Tener? Tener, sí. Tener libro nuevo. Eso. El rito es este: cada vez que tengo un libro nuevo (es decir, cada vez que me llega un libro mío, a mi casa, desde la editorial) ordeno mi biblioteca (es decir, mi casa) para que vuelva a ese cierto equilibro decencia que tuvo antes que me enfrentara a escribir “el libro nuevo”.

Escribir es una tarea titánica, una fusión de ansiedad y disciplina, y mientras estoy “perdido” en el nuevo libro (o, desde un tiempo a esta parte, en una nueva película), dejo todo estar.

No ordeno.

Siento que necesito dejar lo externo de lado.

Parece pose pero juro que no lo es.

Acumulo y acumulo libros que me llegan o me envían, robos de la editorial, y libros que compro, sobre todo en viajes (me da pudor ir a las librerías locales por miedo a creer que un librero crea que ingreso a ellas a ver como están los míos). A veces, cuando me dan ataques consumistas, encargo libros vía Amazon. Entonces aparecen en mi casilla unas cajas preciosas con más libros de los que puedo leer. ¿Por qué no encargo uno o dos en vez de ocho o diez? Quizás porque me autoengaño y decido que es mejor encargar de tan lejos varios, para así ahorrar en el correo-transporte-aduana. No tengo claro por qué hago esto. Amazon me gusta mucho. Es un vicio. En todo caso, quizás me atrae la idea de que los libros se transformen en algo así como cadáveres después de una batalla. Que los libros nuevos que he ido adquiriendo durante este proceso de escritura o filmación se acumulen de manera arbitraria y terminen como los restos que quedan después de que pase, por ejemplo, un huracán.

Mi departamento tiene algo post Katrina.

Me siento en Nueva Orleans.

Libros por todas partes, llenos de polvo por la puta construcción de al lado, que aún no encuentran su lugar en las estanterías. Yacen ahí, en mesas, arriba de un sofá, en el suelo, amontonados en la escalera, provocando un caos que casi parece diseñado por una directora de arte encargada de ambientar la casa-cliché de un autor excéntrico.

Ha llegado la hora de ordenar entonces. De cumplir el rito.

Mi nuevo libro —Apuntes autistas— ya llegó a mi casa, fresco y oliente y sonriendo. Pero estoy con poco tiempo. Tengo que escribir esto, además. Este encargo. Y estoy locacionando una nueva película. Y debo cerrar una postulación para el Festival de Berlín. Y hay una ola de calor que hace que la idea de estar ordenando y encontrar el sitio justo (ordeno en orden alfabético) se vuelva algo imposible. Sobrehumano.

Estoy esperando el día.

Cargándome de esa energía zen que deben tener aquellos que estudiaron bibliotecología. Deseo cumplir el rito pero quizás tengo unos días más: el libro no se presenta hasta dos semanas más. Quizás ese es el día que termine. Cuando, de verdad, exista un libro nuevo en la calle. Cuando sea público.

Eso es lo que tendré que hacer.

Lo que haré.

Tengo dos semanas para encontrar el momento –el día– para que, con música de fondo, me “ponga las pilas”, deje de hacer cualquier cosa menos ordenar, cierre el círculo y cumpla el rito.

Lo necesito.

Estoy hastiado de tantos libros en el suelo.

¿Cómo es su biblioteca personal (dónde está, características, descripción, etc)?

La parte principal está en el living, pero también tengo otra pieza para no-ficción y cine, que se ha vuelto, de un tiempo a esta parte, mi favorita. Mi biblioteca es coherente: son todos estantes, de madera, sin vidrio, pintados de blanco. Son los mismos estantes que están en todas partes. También es importante –muy importante– mi dvdeoteca, pero eso es otro tema. Tengo un estante, aislado, que está dedicado solo a mis libros, ediciones, traducciones, etc. Es un estante un tanto narciso pero no sé… uno de los motivos por los que uno escribe es para tener libros de uno. Y nada, ese estante es como el lugar más importante. A veces lo veo y me cuesta creer que he escrito todo eso y que algunos han funcionado y hay distintas ediciones de un mismo libro. No es un altar a mi ego sino algo así como un museo de alguien que fue a la guerra y terminó encontrando un nuevo país.

Veamos: no se trata solo de querer ordenar y colocar cada libro en su lugar preciso. No. Se trata también de despejar, botar, donar y seleccionar. Una biblioteca tiene algo de agenda. ¿Es necesario tener el fono de tanta gente si nunca las llamas? ¿Es necesario tener tantos amigos? ¿Uno de verdad tiene tantos? ¿Uno quiere que los conocidos entren a tu casa o tu casa –tu biblioteca– no es acaso un lugar sólo para aquellos más cercanos?

Hace tiempo ya que capté que, uno, no voy a tener la mejor biblioteca del mundo, ni la más grande ni completa y, dos, que mi biblioteca debe parecerse a mí, no debe tener libros que nunca voy a leer o estar llena de libros “convenientes” para que parezca más culto o ilustrado de lo que soy.

Trato de no coleccionar por coleccionar. Si un libro que no he leído está ahí, acumulando polvo, trato de analizar por qué no lo he leído o si creo que lo leeré dentro de ese plazo borroso en que vuelva a ordenarla. Con ese método, mantengo todo a escala humana. Se quedan –para siempre– los libros que leí, que subrayé, que creo que puedo volver a leer o mirar, que me puedan servir para algo. También analizo lo que llamo “el factor autor”. De pronto, está ese libro solo, huacho, único, de un autor. A veces ese autor no tiene otro libro. O tiene otros pero son malos o no me interesaron o francamente no me gustaron. ¿Vale la pena tener toda su obra entonces? No. Con ese título a solas basta. Insisto: esto no es coleccionar estampillas. En cambio hay otros de los cuáles deseo tener todos. Mi mejor colección es, creo, de Vargas Llosa y de Puig, pues tengo varios repetidos, en distintas ediciones.

Según sus cálculos, ¿cuántos libros suma en total?

Unos 1,800-2,000 a la vista, más lo que me pena-culpa donar/botar, que están en bodega.

¿Qué libros entonces deben estar y cuáles deben irse de la casa? Tus favoritos, claro, se quedan, pero estos favoritos van cambiando, mutando, con el tiempo. Como la gente. Uno ya no se junta con los amigos del colegio. Entonces qué haces. Es duro pero algunos deben partir. ¿Para qué quiero a Herman Hesse? En cambio, Salinger se queda, sí o sí, cero dudas. A veces echo de menos aquella basura con la que partí. Esos best sellers prestados que le sacaba a un tío mío que viajaba mucho. Pocketbooks en inglés de autores de aeropuerto. Yo partí leyendo muchos libros malos. Libros con impresionantes escenas de sexo que también servían para masturbarse. Las novelas de Irving Wallace, de Sydney Sheldon, de Jeremy Archer, de Harold Robbins me las devoré. Me encantaría volver a leer –y tener– Hombre rico, hombre pobre de Irwin Shaw que, en su momento, provocó frenesí, gracias a la miniserie. Me encantaba leer las novelas que luego se hicieron películas: Tiburón, La aventura del Poseidón, los mamotretos históricos de James Michener. No tengo ninguno de esos libros y quizás empiece a comprarlos. Como recuerdos. Tal como he ido comprando las obras completas de autores que he leído a medias y que deseo leer más: Ellroy, Chandler, Leonard.

Lo complicado es el cadalso. Ese momento con libro en la mano cuando uno se pregunta: ¿Qué hace este libro acá? ¿Cómo llegó? ¿Por qué lo compré? ¿O me lo regalaron?

Nota: sé que es un impulso básico, acaso natural, pero cuando un autor le regala a otro autor un libro no se crea el mismo lazo que cuando un autor compra el libro de un autor. ¿Me explico? Reconozco que son pocos los libros que leo que me han sido regalados por sus propios autores. Otra cosa es recibir un libro de X como regalo de cumpleaños (el regalo de un civil, digamos).

Este proceso de selección es tan fascinante como intenso y requiere de agallas, brío y decisión. Nada de pensarlo tanto. O sí o no. Queda o se va. Es un poco jugar a Dios. A decidir quién muere, quién se queda, con quién quieres quedarte, con quién te has unido y con quién te has ido alejando.

Se quedan, pase lo que pase, aquellos que están firmados. Aquellos a los que yo hice un esfuerzo para que me los firmaran.

Se quedan, también, aquellos libros que crees que volverás a leer. A releer, digamos. Y esos que sientes que te pueden ayudar el día de mañana, que piensas que hojearás. Y están esos que simplemente quieres que se queden. Porque los quieres, porque están subrayados en extremo, porque sí. La idea no es botarlo todo, es desmalezar y optar y mantener todo bajo control. Lo mismo las revistas.

Las revistas es un tema.

Las revistas envejecen mal.

Tema aún no resuelto. Qué se hace con algo como The New Yorker. En rigor, volveré a leerlos. No. Excepto quizás un artículo por ahí. ¿Cuál? Internet ha venido a ayudar, en ese sentido. Tener tanta revista acumulada y añejándose tiene algo de poco higiénico. Mejor sacarlas antes que sea demasiado tarde.

¿Hace cuánto empezó a armarla?

Supongo que, con algún grado de conciencia, en la universidad, en Periodismo. Supongo que uno parte una biblioteca cuando empieza a comprar libros por elección propia. Ahí uno se da cuenta de que esos libros son tuyos. Que los compraste no porque tenías que leerlo para el colegio. Cuando te diste cuenta de que te gustaba colocarlos arriba de tu cama, en una repisa. Cuando te diste cuenta de que quizás podrías prestarlos pero, más importante aún, esos libros que iban formando tu biblioteca era justamente para no prestarlos sino para conservarlos. Eran, en el fondo, recuerdos, recuerdos de unos viajes que hiciste por tu cuenta. Viajes que te importaron.

Cine independiente y solvente… en taquilla

Posted in General by Gonzalo Zada on 18 noviembre 2009

Las dificultades a las que se enfrenta el cine independiente tienen que ver, mayoritariamente, con la ausencia de presupuestos decorosos. Por más que algunas cintas logren el reconocimiento crítico, es difícil llevar ese éxito a la taquilla. Sin embargo, existen casos que demuestran que esto es posible, más allá de la calidad de los filmes. He aquí una lista que, basada en datos fiables, presenta las cinco películas estadounidenses que, con un presupuesto menor a 50 mil dólares, han obtenido mayores ganancias con relación al costo de producción.

 

1. The Blair Witch Project

Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, Haxan Films, Estados Unidos, 1999

Costo: 35 mil

Taquilla: 248 millones

Su inteligente campaña publicitaria hizo creer al público que lo que veía en pantalla era la grabación original que un grupo de jóvenes había realizado en un bosque de Maryland; en Cannes los productores circularon volantes pidiendo ayuda para localizar a los protagonis­tas, supuestamente desaparecidos. Esta película inspiró las campañas virales de varios filmes recientes.

 

2. Tarnation

Jonathan Caouette, Independiente, Estados Unidos, 2003

Costo: 218 mil

Taquilla: 1 millón 162 mil

Desde los 11 años el director comenzó a filmar su vida y a documentar la enfermedad mental de su madre. Con fotografías, videodiarios y mensajes de máquinas contestadoras, Caouette muestra su pasado, plagado de abandonos, abuso infantil y psicosis. Una productora apoyó el proyecto e invirtió 400 mil dólares en las regalías del soundtrack, disparando su costo de producción.

 

3. Deep Throat

Gerard Damiano, G.D. Film Productions, Estados Unidos, 1972

Costo: 22,500

Taquilla (en EEUU): 45 millones

Posiblemente sea la película independiente más exitosa de la historia; se estima que obtuvo 600 millones de dólares en taquilla a nivel mundial; sin embargo, no hay fuentes que lo confirmen. Fue la primer película pornográfica exhibida de manera comercial en cines. Es además la cinta responsable de la consagración de la actriz Linda Lovelace como icono de la cultura popular estadounidense.

 

4. Eraserhead

David Lynch, American Film Institute, Estados Unidos, 1977

Costo: 10 mil

Taquilla: 7 millones

Se filmó a lo largo de seis años debido a la imposibilidad de Lynch de conseguir dinero para financiarla. En una escena, Henry, el personaje principal, abre una puerta y hay un corte; en el siguiente cuadro que lo muestra entrando a la habitación, Jack Nance, el actor que lo interpreta, ha envejecido 18 meses. Una muestra de lo espaciada y accidentada que fue la producción.

 

5. Pink Flamingos

John Waters, Dreamland, Estados Unidos, 1972

Costo: 12 mil

Taquilla (en EEUU): 6 millones

John Waters dirigió este homenaje al mal gusto sólo durante los fines de semana, ya que los demás días se dedicaba a reunir dinero para financiar la película. El departamento de arte recurrió a utilería robada, el vestuario era propiedad de los mismos actores o provenía de tiendas de beneficencia y Waters utilizó como intérpretes a varios de sus amigos para evitar pagarles.

Fuente: La Tempestad No. 68

El cristianismo, el dinero… Borges conversa con M. Esther Vázquez

Posted in General by Gonzalo Zada on 18 noviembre 2009

—Me doy cuenta de que estimo los grandes hechos por su valor estético.

¿Exclusivamente estético y no práctico o real?

—Sí, creo que sí.

Por ejemplo, los bonzos que se queman vivos, ¿no tienen un valor real?

—Para ellos, sí; para nosotros, creo que no. Pero busquemos un ejemplo más cercano: la Revolución de Mayo de 1810 fue una obra admirable; la guerra de la Independencia también lo fue para quienes la hicieron, pero no sé si las consecuencias han sido buenas, porque hemos tenido la anarquía, el gobierno de Rosas… la dictadura. Todo eso han sido consecuencias.

Han sido las fases necesarias para formar un país.

—Pero como actualmente ese país no existe, o casi no existe, es una especie de ilusión compartida imperfectamente.

Según eso, ¿el advenimiento de Cristo y su crucifixión no tienen ningún valor más que para Cristo en sí mismo?

—No, puesto que modificó toda la historia, pero no sé si la modificó para el Bien. Posiblemente, si no hubiera habido Cristianismo, desde luego no tendríamos la cultura actual, que es una fusión de Israel y de Grecia, pero quizás a la larga hubiera convenido. Las guerras religiosas son algo espantoso; pensemos en la Irlanda de hoy, y todo eso proviene del Cristianismo y del Islam, y los dos provienen de Israel. En cambio, en los otros países orientales, que no son Israel, digamos, por ejemplo China o el Japón o donde sea, no ha habido guerras religiosas. Una persona ha podido profesar varias religiones a un tiempo o ninguna y no le ha pasado nada. Pensemos que han ocurrido cosas horribles, como son las Cruzadas, que al fin y al cabo se redujeron a atacar gente simplemente porque eran de otra religión.

Todo ese sentido del amor, a Dios, al prójimo, que dejó Cristo, no tiene ningún valor?

—Sí, pero no creo que él fuera su inventor.

No fue el inventor, pero sí un divulgador y, para utilizar una expresión de moda, lo publicitó muy bien.

—Ah, eso sí. Convendría que no existiera el odio. Yo nunca he sentido odio en mi vida, pero veo que hay gente que lo siente y eso no lo entiendo.

Tampoco has sentido una inclinación favorable hacia Rosas o hacia Perón, por ejemplo…

—Sí. Consideraba que eran personas equivocadas y que carecían totalmente de sentido moral y yo tengo sentido ético. Ahora bien, no sé si la ética necesita de la religión. Ha habido tantos griegos, tantos romanos, incluso tantos judíos… (excluyamos a los judíos, porque tenían religión)… ha habido tantos hombres justos. Pensemos en el caso de Sócrates, uno de los tipos más perfectos que hay de humanidad; no creo que él creyera personalmente en los dioses. Los vería como una posibilidad intelectual, nada más; sin embargo, es una de las personas más justas que ha habido en el mundo.

Jesucristo fue justo.

—Y además, tiene que haber sido un hombre extraordinario. Al mismo tiempo, si una persona cree que es Hijo de Dios, si confiesa opiniones tan extraordinarias como ésa, no sé hasta dónde podemos juzgarlo. Indudablemente, es una de las personas más raras y más admirables con que ha contado el mundo. Pero no sé si los cristianos se parecen a Cristo.

Creo que no.

—Por ejemplo, esa idea de Cristo de que no se debía ahorrar, de que no hay que pensar en el mañana…

“Miren los lirios del campo”, o “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”…

—¡Es una idea espléndida! Y otra idea espléndida es que no hay que interesarse en lo político. Cuando dijo: “Dad al César lo que es del César…” (es decir, den al gobierno lo que pide, lo que es propio del gobierno y no piensen más en eso) tenía mucha razón. La gente se interesa demasiado en la política ahora. A mí me cuesta interesarme en la política.

¿Yen el dinero?

—Prefiero tenerlo, pero no pensar en él. En cambio, yo noto que la gente rica piensa mucho en el dinero.

¿En qué sentido?

—Si el dinero les sirviera para desentenderse del dinero, me parecería bien, pero noto que, al contrario, el dinero les sirve para pensar en obtener más dinero o en invertirlo mejor.

¿Cuáles son las cosas que deseas que te ocurran en el transcurso del día?

—Me gustaría que se me ocurrieran ideas para cuentos o para poemas. Me gusta la felicidad de los cuatro o cinco amigos que tengo. Me gustaría no vivir en un país anárquico como éste, sino en un país tranquilo y civilizado.

Hace un momento mencionaste a Sócrates. ¿Qué otros hombres admiras? Por supuesto, no desde el punto de vista estético.

—Es difícil… tendría que nombrar personas, digamos, que no son especialmente célebres, como Macedonio Fernández o Xul Solar o el filósofo inglés Bradley, gentes que viven exclusivamente para pensar. Lograron que no les importara su destino individual sino el pensamiento, el Universo. Eso me parece admirable, pero no puede recomendarse, porque depende de cómo está constituido cada uno. Yo trato de ser una de esas personas, pero no lo soy. Mi padre lo era. Quería ser como él, pero la verdad es que no puedo.

¿Vivía exclusivamente para eso?

—Sí, y además tenía el deseo de pasar inadvertido. Una de las razones que tuvo para irse a Europa es que no conocía a nadie allá y, para perderse más aún, muchas veces decía que venía de otro país. Este “perderse” le gustaba.

¿Qué es lo mejor que has recibido de tu padre?

—El hábito, que no siempre observo, de no recibir las cosas sin examinarlas. Veo que la mayoría de la gente tiende a aceptar la realidad sin detenerse a observarla, sin pensar que pue­de ser cuestionada. Todo es admitido como real, y en especial lo que sucede el día de hoy. Se entiende que lo actual tiene una gran fuerza. Claro que el único tiempo que conocemos es el actual, pero como va renovándose, no sé si tiene un valor para el porvenir.

¿Y de tu madre, qué es lo mejor que has recibido?

—Es algo moral, algo muy sutil… Cuando veo a mi madre, que siempre ha vivido pensando en otras personas, en la felicidad de otras personas y no interesándose demasiado en la suya propia sino hallándola en la de los otros… Dirás que eso es ser cristiano. Pero, quién sabe, porque si Cristo dice: “Ama a los otros como a ti mismo” supone que una persona se ama a sí misma, lo cual ya es anticristiano.

María Esther Vázquez, Borges, sus días y su tiempo, Vergara, Argentina, 1999.

Amanuense de Arreola, José Emilio Pacheco

Posted in General by Gonzalo Zada on 11 noviembre 2009

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“Fue amanuense de Arreola”, dice la nota con la que Christopher Domínguez Michael me presenta en la Antología de la narrativa mexicana del siglo xx. Esa línea me sorprendió cuando la leí en 199o. Nunca oculté la historia, aunque tampoco hice nada por difundirla, y me llamó la atención el que pudiera saberla alguien nacido cuatro años después de los acontecimientos. Ya impresa, no me pareció indiscreto divulgarla dentro de un homenaje a Juan José Arreola en la Universidad de Guadalajara (1992). Él estaba presente y añadió datos que yo ignoraba o había olvidado.

Todo se resume en una frase: Bestiario, obra maestra de la prosa mexicana y española, no es un libro escrito: su autor lo dictó en una semana. Otros hubiéramos necesitado de muchos borradores para intentar aproximarnos a lo que en Arreola era tan natural como el habla o la respiración. A la distancia de los años transcurridos, esta inmensa capacidad literaria me admira tanto como entonces. Algunos de sus textos, si la memoria no miente, son anteriores a esos días de diciembre de 1958: “Prólogo”, “El sapo”, “Topos”, y quizás haya alguno posterior como “Ajolotes”. Sin embargo, la mayoría resuena en mi interior como los escuché por primera vez, los escribí con pluma Sheaffer de tinta verde y los pasé a una máquina Royal para que Arreola les diera forma definitiva:

“El gran rinoceronte se detiene. AlzJuan José Arreolaa la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embiste como ariete, con un solo cuerno de toro blindado, embravecido y cegato, en arranque total de filósofo positivista.”

Tenía 15 años cuando descubrí a Arreola en las clases de José Enrique Moreno de Tagle, maestro de tantos escritores mexicanos que hemos sido ingratos con él, a diferencia de los alumnos de Erasmo Castellanos Quinto. Moreno de Tagle nos dictaba una página diaria de la mejor prosa y nos incitaba a leer el libro completo. En la lejanísima librería del Fondo, que estaba en el campo entre México y Coyoacán y frente a un paisaje de vacas y de burros, adquirí Confabulario y Varia invención en un solo volumen.

 

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Nunca pensé en conocer a Arreola. La literatura ocurría en un ámbito inalcanzable, al que sólo era posible asomarme gracias a México en la Cultura y la Revista de la Universidad. En 1956 lo vi de lejos: en el Teatro del Caballito, dentro de los programas de Poesía en Voz Alta, representó el papel de Rapaccini en la obra de Octavio Paz dirigida por Héctor Mendoza. Tiempo después Carlos Monsiváis leyó algunos de mis cuentos aparecidos en publicaciones estudiantiles y me dijo:

—Deberías llevárselos a Arreola. Va a publicar una nueva serie para jóvenes: los Cuadernos del Unicornio.

—No me atrevo. Me da pena.

—Yo hago una cita y te presento.

Nunca ha dejado de asombrarme nuestra irresponsabilidad. Un niño o una niña pasan una década de cinco horas diarias ante el piano antes de atreverse a dar un concierto para los amigos de su familia. Nosotros hacemos un primer intento y nos empeñamos en que nos publiquen, nos elogien y de ser posible hasta que nos paguen.

No iba yo a ser la excepción a la regla. Fui a la cita en un café que ya no existe en Melchor Ocampo. Monsiváis no llegó pero a los 20 minutos apareció Arreola con su hijo Orso, que entonces era muy pequeño. No me quedó más remedio que autopresentarme. Aunque desde niño había conocido a escritores como José Vaconcelos y Juan de la Cabada, me desconsoló que, en la tarde de calor, Arreola pidiera un Squirt. Yo suponía que un artista como él sólo tomaba vino de Chipre o algo semejante.

Era un secreto a voces que Arreola corregía los originales publicados en sus series. Esperé que, fiel a su costumbre, convirtiera mis ineptitudes en prosa memorable. Le di un fólder con dos cuentos: “La sangre de Medusa” y “La noche del inmortal”. Los leyó. Al terminar, me dijo:

—De acuerdo. Los publico.

—No sabe cuánto se lo agradezco. Pero, maestro, debe de haber muchos errores. Le suplicaría que, si no le es molestia, usted me hiciera el favor de revisarlos.

—No hay nada que corregir. Están perfectos.

Se levantó y se fue con Orso. El precio de la no-corrección de Arreola lo he pagado durante muchos años. En noviembre de 1958 La sangre de Medusa apareció tal y como la escribí, sin la mano redentora del maestro, y junto a los Sonetos de lo diario de Fernando del Paso. Desde entonces no he cesado de intentar los cambios que Arreola pudo haberme hecho aquella tarde.

 

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Monsiváis me explicó después:

—Lo siento. La cita fue un desastre. Le caíste muy mal a Arreola. Si no metió mano a tus cuentos fue, como es obvio, porque no le gustaron y no cree que valga la pena publicarlos.

El rechazo no me desalentó más de lo debido. Era algo frecuente por parte de las muchas pequeñas revistas a las que mendigaba un poco de espacio y de atención. Me olvidé de aquellos cuentos y vi aparecer los cuadernos de mis amigos, como Sergio Pitol, Beatriz Espejo, Gastón Melo y Raymundo Ramos.

“Algún día”, confié. Y llegó el día en que Rubén Broido, que había estrenado durante nuestros años preparatorianos una de mis obritas de teatro, me llamó para decirme:

—Ya está tu Unicornio. Quedó precioso.

Rubén era en esos momentos secretario de Arreola, puesto en el que no tardaría en reemplazarlo Miguel González Avelar. Llegué al departamento de Elba y Lerma. Arreola había cambiado para conmigo y me aceptó como parte de ese taller informal que fue el verdadero punto de partida de nuestra generación.

 

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Allí pasé mis 19 años, los últimos de la adolescencia. Como todos los adolescentes, pensaba que escribir era lo más fácil del mundo. Basta sentarse para tener en el plazo de una semana tres cuentos, ocho poemas, dos comedias, cinco artículos. Todo fluye, nada nos detiene. Cómo iba yo a entender algo para lo que entonces ni siquiera teníamos un nombre: el bloqueo, la angustiosa posibilidad de escribir que tarde o temprano llega para todos.

Arreola no cobraba un centavo por impartirnos su sabiduría. Dudo que hubiéramos podido pagárselo. Creo que su único sostén, aparte de los escasos derechos por sus libros, era la beca de 500 pesos que Alfonso Reyes había logrado que El Colegio de México diera a unos cuantos escritores. Llegó Daniel Cosío Villegas y suprimió las becas. Arreola se quedó sin ningún medio para mantener a su esposa, a sus dos hijas, Claudia y Fuensanta, a su hijo Orso y para el alquiler del departamento.

Con su invariable generosidad, ese otro protector de los escritores que siempre ha sido Henrique González Casanova, entonces director general de Publicaciones de la UNAM, acudió en auxilio de Arreola. Le compró los textos de un libro futuro que se iba a llamar Punta de plata por ser la técnica que empleó Héctor Xavier en sus hermosos dibujos de animales.

Héctor Xavier, gran dibujante, murió en el olvido y la miseria. En los sesenta y los setenta lo visité en el edifico de Holbein donde muchas veces estaba en compañía de José Revueltas, tan pobre como él. Me pregunto si alguna vez Héctor Xavier será rescatado, si hallará admiradores que hagan con él lo que otros hicieron por Revueltas.

La ciencia ya no digamos de acumular, sino de retener el dinero no le fue dada a Arreola. Compraba y regalaba objetos indispensables por inútiles. Como Fernando Benítez, adquiría libros caros y en seguida se molestaba si no los aceptábamos como obsequio. Además nos daba vinos y quesos franceses (por mucho tiempo nuestro único alimento). El adelanto, que era el pago total de la edición, se agotó en poco tiempo. Vencieron uno tras otro los deadlines, los últimos plazos para la entrega, y del libro no había una sola línea.

Ahora comprendo la angustia de Arreola. Mientras más perentoria es la urgencia de entregar un texto más imposible se vuelve el sentarse a escribirlo. Se han publicado volúmenes enteros para explicar el llamado writer’s block. Todas las explicaciones son plausibles y ninguna satisfactoria: temor al rechazo, deseo de perfección, ansiedad de no estar a la altura de lo que se hizo antes, auto-castigo al privarnos de la actividad que más satisfactoria nos resulta… Las hipótesis no tienen fin.

Edmund Wilson dice: No se debe tener piedad con el escritor que no escribe. Todo es una falla del carácter y de la voluntad y no merece clemencia ni mucho menos elogio. Me parece que el bloqueo es una situación infernal, el precio que pagamos por habernos dedicado a escribir, y no me atrevo a censurar a nadie que se encuentre en esas arenas movedizas.

 

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La tienda de ultramarinos ya no fió más. Se acabaron los Beaujoloais y el Camembert y hasta los bolillos y teleras. La alimentación se ciñó a tostadas de camarón seco, eso sí, las mejores tostadas de camarón seco que se han hecho en el mundo, obras maestras de Sara, la esposa de Arreola. Con los elementos más sencillos, y entonces más baratos, Sara lograba prodigios estilísticos que encantaban también a Juan Rulfo.

En la última década de su vida viajé a muchas partes con Rulfo. Ya teníamos algo de dinero y podíamos ir a restaurantes. Nunca lo vi comer con el deleite con que devoraba (verbo que parece tan extraño aplicado a Rulfo) las tostadas de Sara. Con 20 y más años de retraso, muchas veces comentamos nuestra inconsciencia irreparable: al engullir los prodigiosos milagros de camarón, despojábamos de su alimento a toda la familia de Arreola.

 

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Contra lo que se supone, el bloqueo no es la imposibilidad de escribir, sino de sentarse a hacerlo. El último plazo vencía el 15 de diciembre de 1958. A pesar de todos los esfuerzos de Henrique González Casanova, si Arreola no entregaba los textos, la administración de la UNAM exigiría por medio de sus abogados que devolviera el adelanto.

Cuando Rubén Darío estaba en malas condiciones algunos amigos generosos, como Amado Nervo, le escribieron sus crónicas para La Nación de Buenos Aires, indispensables para su sobrevivencia. Pero nadie, y yo menos que nadie, podía escribir como Arreola, por Arreola, para Arreola.

Ya no recuerdo si la idea fue mía o de Vicente Leñero, Eduardo Lizalde o del propio Fernando del Paso, a quien 35 años después Arreola iba a dictarle en Guadalajara el primer tomo de sus Memorias. Sea como fuere, el 8 de diciembre, ya con el agua al cuello, me presenté en Elba y Lerma a las nueve de la mañana, hice que Arreola se arrojara en su catre, me senté a la mesa de pino, saqué papel, pluma y tintero y le dije:

—No hay más remedio. Me dicta o me dicta. Arreola se tumbó de espaldas en el catre, se tapó los ojos con la almohada y me preguntó:

—¿Por cuál empiezo?

Dije lo primero que se me ocurrió:

—Por la cebra.

Entonces, como si estuviera leyendo un texto invisible, el Bestiario empezó a fluir de sus labios: “La cebra toma en serio su vistosa apariencia, y al saberse rayada, se entigrece. Presa de su enrejado lustroso, vive en la cautividad galopante de una libertad mal entendida”.

Y así, el 14 de diciembre escuché el final del libro: “Para el macho que tiene sed, el camello guarda en sus entrañas rocosas la última veta de humedad; para el solitario, la llama afelpada, redonda y femenina, finge los andares y la gracia de una mujer ilusoria”.

Henrique González Casanova recibió el manuscrito el día señalado. A comienzos de 1959 la UNAM editó Punta de plata con los dibujos de Héctor Xavier. El Bestiario se incorporó a la obra de Juan José Arreola. En mi feliz ignorancia no pensé en la historia literaria ni en los archivos. Destruí los originales a medida que los iba pasando la máquina, mientras Arreola jugaba ajedrez para compensarse del esfuerzo. Tampoco se me ocurrió rescatar de la imprenta las hojas que contenían sus modificaciones manuscritas.

Gracias a esos días finales de 1958 siento que mi paso por la tierra quedó justificado. Cuando entre al infierno y los demonios me pregunten: —Y usted, ¿qué fue en la vida?, podré responderles con orgullo: —Amanuense de Arreola.

Synechdoche, New York (discurso en funeral), Charlie Kaufman

Posted in General by Gonzalo Zada on 23 octubre 2009

Synechdoque, New YorkUna de las mejores escenas de Synechdoche, New York, de Charlie Kaufman, es aquella en la que la Dianne Wiest (que interpreta a Caden en el 1er. nivel de representación) actúa un personaje dentro de otro nivel más profundo de representación y le muestra a Caden cómo debe actuar en el funeral del actor que lo interpretaba y que termina suicidándose al arrojarse de uno de los edificios de la locación. En fin, muy confuso, pero en el funeral (en el ensayo de su representación) un actor hace de sacerdote y suelta este discurso frente a los demás actores de la escena y frente a Caden, que observa impasible…

“Everything is more complicated than you think. You only see a tenth of what is true. There are a million little strings attached to every choice you make; you can destroy your life every time you choose. But maybe you won’t know for twenty years. And you may never ever trace it to its source. And you only get one chance to play it out. Just try and figure out your own divorce. And they say there is no fate, but there is: it’s what you create. And even though the world goes on for eons and eons, you are only here for a fraction of a fraction of a second. Most of your time is spent being dead or not yet born. But while alive, you wait in vain, wasting years, for a phone call or a letter or a look from someone or something to make it all right. And it never comes or it seems to but it doesn’t really. And so you spend your time in vague regret or vaguer hope that something good will come along. Something to make you feel connected, something to make you feel whole, something to make you feel loved. And the truth is I feel so angry, and the truth is I feel so fucking sad, and the truth is I’ve felt so fucking hurt for so fucking long and for just as long I’ve been pretending I’m OK, just to get along, just for, I don’t know why, maybe because no one wants to hear about my misery, because they have their own. Well, fuck everybody. Amen.”

Lectores en Wikilandia

Posted in General by Gonzalo Zada on 22 octubre 2009

Wikipedia es sencillamente indescriptible: son tantas sus entradas, es tanta su información, que nunca nadie podrá conocer todo lo que contiene. Gabriel Zaid se sumerge en esa colosal enciclopedia con un propósito doble: descubrir sus novedades y señalar su deuda con la tradición del saber libre –opuesta a la del saber jerárquico.

Los buenos escritores, traductores, críticos, maestros, editores, correctores, tipógrafos, libreros y bibliotecarios suelen empezar como buenos lectores. Su afición los lleva a los oficios del libro, donde se ponen al servicio de la comunidad lectora según sus gustos y oportunidades. No hay un centro que coordine la división del trabajo comunitario, sino una especie de anarquía creadora, movida por iniciativas diversas y dispersas.

Hay clubes de lectores (sobre todo en los países de habla inglesa) así como asociaciones gremiales de escritores, traductores, editores, libreros, bibliotecarios y talleres de artes gráficas. Cosa admirable, hay una Society of Indexers (www.indexers.org.uk) que promueve su especialidad (utilísima y subestimada en los países de habla española, en esto subdesarrollados): preparar los índices de nombres y de temas que facilitan la consulta de un libro. Hay órganos del Estado dedicados a la promoción del libro, la lectura y los oficios relacionados. Pero no hay (afortunadamente) planificación central, sino múltiples miradores del mundo del libro en revistas literarias o especializadas, en libros sobre libros y en bibliografías, catálogos, diccionarios y directorios.

La tradición de fijar las obras de la palabra (para conservarlas y subir de nivel la vida humana) es antiquísima. Está en los sabios del mundo oral que guardan la memoria de la tribu. Se extiende a la conservación de canciones, oraciones, cuentos, leyendas, textos sagrados y clásicos desde que aparece la primera tecnología útil para el caso: la escritura. Avanza con los trabajos de copiado, de crítica textual y de traducción en el mercado de libros de Atenas, la Biblioteca de Alejandría, el Vivarium de Casiodoro, las cortes islámicas y los monasterios medievales. FBritannicalorece en las academias del Renacimiento con el desarrollo de otra tecnología: la imprenta. Despierta las ambiciones universales de la Encyclopédie, el British Museum y otras bibliotecas y museos enciclopédicos que han ido incorporando las nuevas tecnologías de conservación: la fotografía, la grabación sonora, la microfilmación, el fotocopiado, los videos. Alegóricamente, culmina en “La Biblioteca de Babel” que Borges publicó en 1941. Apenas empezaba la tecnología electrónica, que reanimó el proyecto en marcha.

La red de interconexión digital se inventó en mil novecientos sesenta y tantos, para el mutuo respaldo de los centros de cómputo del Pentágono. El origen del proyecto, la construcción de computadoras gigantescas y los mitos sobre la cibernética hacían temer una gran centralización, frente al espíritu libertario surgido en esos años contra la guerra, el gigantismo y la vida robotizada. Pero la nueva tecnología se volvió cada vez más barata, y acabó facilitando lo que no se esperaba: el networking, las redes de personas o grupos con presencia mutua, contactos y colaboraciones frecuentes o esporádicas, la organización horizontal (en vez de vertical).

En 1968, Stewart Brand publicó una especie de enciclopedia de la contracultura: The Whole Earth catalog: Access to tools, cuyo espíritu universal, innovador, iconoclasta y constructivo al mismo tiempo recuerda la Encyclopédie. Steve Jobs, el fundador de Apple, ha dicho que en esa “Biblia” de los jóvenes de su generación estaba implícito el concepto de la World Wide Web.

Es significativo que el primer proyecto electrónico de biblioteca universal (iniciado por Michael Hart en 1971) haya sido y siga siendo un servicio público independiente, sostenido por centenares de voluntarios que cooperan desde sus propias computadoras en su casa. También que fuera bautizado como Project Gutenberg y alojado en una institución benedictina (el Illinois Benedictine College), una de las órdenes que se distinguió en la Edad Media por sus bibliotecas y el copiado de libros. El Proyecto Gutenberg (www.gutenberg.org) sigue en marcha, ofrece gratuitamente unos 30,000 libros del dominio público en diversos idiomas y es el antecedente de proyectos muy distintos: Amazon (www.amazon.com, desde 1994), Wikipedia (www.wikipedia.org, 2001) y Google Books (www.google.com/books, 2004).

La Ilustración y el ascenso de la burguesía hicieron crecer el mercado del libro en el siglo XVIII. En particular, prosperaron las grandes producciones editoriales cuya posesión era como tener un piano: enciclopedias de muchos volúmenes y colecciones de obras completas. Estas ediciones requieren gastos de preparación durante años (no meses), se prestan poco a la venta en librerías y, por lo mismo, tienen un problema financiero. Para solventarlo, se inventaron la suscripción previa y el surtido por entregas (de no haber suficientes suscriptores, la obra no se publicaba).

En el siglo XX, prosperó otro modelo comercial, desarrollado para el mercado masivo: la venta de puerta en puerta (o de contacto en contacto) con ejércitos de vendedores y crédito en abonos al comprador; lo cual requiere capitales todavía mayores y mucha administración. Se entiende que las grandes enciclopedias disponibles en cada idioma sean unas cuantas o ninguna. También se entiende el retraso en actualizarlas.

Denis Diderot tardó quince años en publicar los 28 volúmenes de la primera edición de la Encyclopédie (1751-1766). La primera edición de la Encyclopaedia Britannica (nacida para contrarrestar la influencia de los enciclopedistas franceses) se publicó en 100 fascículos más o menos semanales entre 1768 y 1771. Su famosa undécima edición de 1911 (la mejor, según Borges) pasó al dominio público y ahora puede consultarse gratis en http://encyclopedia.jrank.org, aunque no por iniciativa de la empresa, que titubeó ante las ediciones electrónicas, temiendo que dañaran, en vez de reforzar, su negocio principal.

La Britannica entró a la red tardíamente (sigue vendiendo la edición impresa, pero también suscripciones a la electrónica actualizada), frente a la amenaza de Microsoft, que le hizo una oferta de compra y, ante el rechazo, se lanzó a publicar Encarta, sin imprimirla: como un servicio en línea pagado por suscripción, que finalmente fracasó. No tuvo la demanda que esperaba y suspendió la publicación en 2009, después de quince años de pérdidas.

La sorpresa del siglo XXI ha sido la Wikipedia, un proyecto cooperativo de voluntarios que trabajan gratis y hasta ponen dinero. Nadie se hubiera imaginado que era posible competir con la Britannica y Microsoft sin grandes capitales, ni ejércitos de vendedores, cobradores y administradores, ni un plan previo de los temas que serían incluidos para asignarlos a un gran elenco de especialistas. Menos aún que era posible ampliar y actualizar su contenido a una velocidad nunca vista.

La Wikipedia se anuncia como la enciclopedia gratuita que todos pueden editar. La escriben espontáneos que todos los días proponen nuevos artículos o cambios a los publicados. Esto se presta a toda clase de intervenciones ignorantes, desmedidas, interesadas o de mala fe, pero los resultados han sido inesperadamente aceptables. La calidad del contenido está por debajo, pero no tanto, de la Britannica, que también tiene lo suyo. En la edición de 1974, por ejemplo: el artículo sobre Heidegger es tonto; la entrada sobre Axel’s castle dice que es ¡una novela!; no es fácil encontrar la Accademia del Cimento porque viene con una sola c; abre dos entradas distintas (ambas mal escritas) para Lucas Pacioli y Lucas Paciola, que son la misma persona (Luca Pacioli); pero no abre entradas para Georg Lichtenberg, Czeslaw Milosz, Octavio Paz, Wilhelm Reich, Marcel Schwob, Vidyapati, Xavier Zubiri y muchos otros.

La Wikipedia no publica anuncios. El secreto para que sea gratuita está en el entusiasmo de una multitud de colaboradores que trabajan gratis desde su casa; en un grupo de líderes, también voluntarios, que se reparten la supervisión y toman decisiones sobre el material recibido; y en que el personal pagado a tiempo completo se reduce a unas cuantas decenas de personas en oficinas modestas, con cientos de computadoras. Todo lo cual cuesta unos seis millones de dólares al año, recabados en una charola de la misma página, donde se puede depositar. En 2008, unas 150,000 personas aportaron 40 dólares en promedio a la colecta anual.

La idea y el patrocinio iniciales fueron de Jimmy Wales, un empresario de internet que vive de sus propios negocios y sigue siendo el promotor del proyecto, desde la Wikimedia Foundation. Ha promovido la Wikipedia en más de 200 lenguas, así como proyectos afines: Wiktionary, Wikiquote, Wikibooks, Wikisource, Wikinews, Wikiversity (pueden verse en www.wikipedia.org y www.wikimedia.org). La Wikipedia dice tener tres millones de artículos en inglés, casi un millón en alemán y francés, medio millón en español, portugués, italiano, japonés, polaco, ruso, etcétera. Ninguna otra enciclopedia tiene tal cobertura. La Encyclopédie tenía 72,000 artículos y Encarta 62,000. La Britannica dice tener 122,000. La Wikipedia recibe nueve millones de visitas diarias.

Ante ese éxito, Bertelsmann contrató los derechos para resumir los 50,000 artículos más consultados y publicar una enciclopedia impresa en un solo volumen, que paga regalías a la edición electrónica. Lo cual, de paso, muestra que los libros impresos no desaparecerán tan fácilmente. Quien tenga a mano la muy recomendable y barata Columbia Encyclopedia (sexta edición, 2000) con 50,000 artículos en un solo volumen de 3,200 páginas sabe que, para muchas consultas, es más práctico abrirla que buscar en la red. Eso explica el mercado para la edición de Bertelsmann.

Hay quienes dicen, con razón, que el fenómeno Wikipedia obliga a replantearse muchas cosas en el mundo del saber y la investigación. También se ha dicho, con menor razón, que ha creado un nuevo paradigma de la producción intelectual; perdiendo de vista que la comunidad lectora siempre ha sido Wiki. Lo nuevo es la tecnología. Lo nuevo es el éxito llamativo de una cooperación intelectual que ha sido milenaria.

En todo caso, si se quiere hablar de un cambio de paradigma, habría que situarlo en el Renacimiento, cuando la gente de libros opta por la tertulia frente a la cátedra, la imprenta frente a la universidad, el saber libre frente al saber jerárquico. El cambio coincide con la aparición de una tecnología (la de Gutenberg), y se reanima con la aparición de otra. Ambas refuerzan las estructuras horizontales (la conversación, el networking) frente a las verticales (la universidad, el Estado, la televisión).

El ejemplo puede inspirar muchos otros proyectos cooperativos de lectores en acción. Por ejemplo:

Una fe de erratas en la red. Aunque la única aspiración respetable son los libros sin erratas, lo civilizado es reconocer la imperfección y pedir ayuda a los lectores para advertirlas en beneficio de otros lectores y de las próximas ediciones. El procedimiento (lamentablemente abandonado) consistía en encargar una última lectura del libro impreso antes de encuadernarlo, para incorporar una tabla de erratas advertidas. Hoy es posible crear bases de datos en línea que registren las erratas señaladas por todos los lectores que quieran participar. La programación Wiki es ideal para esto. La organización más sencilla consistiría en que cada editor abra una fe de erratas para cada edición de sus libros. Muchos lectores marcan las erratas de los libros de su biblioteca, pero no tienen manera de avisar a los demás.

Más ambicioso sería abrir un registro para los errores de facto (números, cantidades, fechas, nombres, lugares, parentesco, títulos, atribución) que tienden a perpetuarse como virus que saltan de unos libros a otros. Y para los errores crasos de traducción, sin entrar a cuestiones de estilo, que se prestan a discusiones interminables.

También otro para asuntos autorales, limitado a cuestiones de facto: omisión o error en el nombre del autor, traductor, compilador y otros titulares de derechos; permisos; plagios indiscutibles con textos paralelos.

Y muchos otros más, por ejemplo: una alerta de libros dignos de traducirse que encajarían perfectamente en tal colección de tal editorial, o de libros previamente editados en español cuya novedad pasó y pudieran ser de interés para nuevas generaciones de lectores.

Para acabar con las memorias de guerra (Las memorias de Schmeed)

Posted in General by Gonzalo Zada on 21 octubre 2009

Das FührerEl torrente literario aparentemente inagotable del Tercer Reich sigue fluyendo a caudales con la futura publicación de las Memorias de Friedrich Schmeed, el barbero más famoso de la Alemania en guerra, quien rindió servicios tonsuriales a Hitler y a muchos otros altos funcionarios del gobierno y del aparato militar . Como se puso de manifiesto durante los juicios de Nuremberg, Schmeed no sólo pareció estar siempre en el lugar indicado en el momento oportuno, sino que tenía una «memoria más que total» y, por lo tanto, era el único calificado para escribir esta guía incisiva de las más secretas anécdotas de la Alemania nazi. A continuación publicamos una breve selección del libro:

En la primavera de 1940, un gran Mercedes se estacionó frente a mi barbería de 127 Koeningstrasse, y Hitler entró en mi barbería. «Sólo quiero un ligero corte», dijo, «y no me quite mucho de arriba.» Le expliqué que tendría que esperar un poco porque von Ribbentrop estaba antes que él. Hitler dijo que tenía prisa y le pidió a Ribbentrop que le cediera su turno, pero Ribbentrop insistió en que, si lo brincaban, el hecho causaría mala impresión en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Entonces, Hitler hizo una rápida llamada telefónica; Ribbentrop fue al acto transferido al Africa Korps y Hitler tuvo su corte de pelo. Este tipo de rivalidad era muy frecuente. En cierta ocasión, Göring hizo que la policía detuviera a Heydrich bajo falsas acusaciones para quedarse con la silla al lado de la ventana. Göring era un disoluto y a menudo quería sentarse en el caballito que tenía en la barbería para los niños para que le cortara el cabello. El alto mando nazi se sintió avergonzado, pero no pudo hacer nada. Un día, Hess lo desafió: «Hoy quiero yo el caballito, Herr Mariscal de Campo», le dijo.

«Imposible, lo tengo reservado», replicó Göring.

«Tengo órdenes directas del Führer. Me autorizan a sentarme en el caballo mientras me cortan el pelo.» Y Hess enarboló una carta de Hitler notificándolo. Göring se puso lívido. Jamás se lo perdonó a Hess y dijo que en el futuro haría que su mujer le cortara el pelo en su casa con una cazuela. Hitler se rió cuando se enteró de esto, pero Göring había hablado en serio y habría llevado a cabo su propósito si el Ministerio del ejército no le hubiera denegado su pedido de tijeras en rebaja.

Me han preguntado si tenía conciencia de las implicaciones morales de lo que hacía. Como declaré ante el tribunal de Nuremberg, no sabía que Hitler era nazi. La verdad es que durante años pensé que trabajaba para la compañía de teléfonos. Cuando al fin me enteré del monstruo que era, ya era demasiado tarde para hacer algo, pues había yo dado un anticipo para comprar unos muebles. Una vez, casi al final de la guerra,  contemplé la posibilidad de abrir un poco la sábana que Hitler tenía atada al cuello y dejar caer por su espalda los pelitos que acaba de cortarle, pero, en el último instante, me traicionaron los nervios.

Un día, en Berchtesgaden, Hitler se dirigió a mí y me dijo: «¿Cómo me quedarían unas patillas?» Speer se rió y Hitler se ofendió. «Estoy hablando en serio, Herr Speer», dijo. «Pienso que tal vez me queden bien unas patillas.» Göring, ese payaso servil, de inmediato estuvo de acuerdo y dijo: «El Führer con patillas —¡qué excelente idea!» Speer seguía en contra. De hecho, era el único con suficiente integridad para decirle al Führer cuándo necesitaba un corte de pelo. «Está muy choteado», dijo entonces Speer, «asocio siempre las patillas a Churchill». Hitler se exasperó. ¿Tendría Churchill la intención de dejarse patillas, quiso saber, y de ser así, cuántas y cuándo? Himmler, que, al parecer, estaba a cargo del servicio de Inteligencia, fue convocado al instante. Göring se disgustó con la actitud de Speer y le susurró: «¿Por qué levantas olas, eh? Si quiere patillas, déjalo tener patillas.» Speer, que por lo general tenía un tacto puntilloso, dijo que Göring era un hipócrita y «un bulto de garbanzos pasados por el uniforme alemán». Göring juró que se vengaría, y más tarde corrió el rumor de que metió guardias especiales S.S. en la cama de Speer.

Himmler llegó presa de un gran frenesí. Estaba en plena clase de baile cuando sonó el teléfono y le convocaron a Berchtesgaden (la casa de campo de Hitler). Temía que se tratase acerca de un cargamento perdido de varios miles de sombreros de papel, en forma de cono, que se le habían prometido a Rommel para la  ofensiva de invierno. (Himmler no estaba acostumbrado a que lo invitaran a cenar a Berchtesgaden porque era corto de vista, y Hitler no podía soportar verlo llevarse el tenedor a la cara y luego clavarse la comida en alguna parte de la mejilla.) Himmler se dio cuenta de que algo iba mal porque Hitler lo llamó «enano», algo que sólo hacía cuando estaba de mal humor. De pronto, el Führer dio media vuelta, lo encaró y gritó: «¿Sabe usted si Churchil va a dejarse patillas?»

Himmler se puso rojo.

«¿Y bien?»

Himmler dijo que había corrido el rumor de que Churchill contemplaba esa posibilidad, pero que todo estaba sin confirmación oficial. En cuanto al tamaño y la cantidad, explicó que era probable que fueran dos y de mediana longitud, pero que nadie se atrevía a afirmarlo antes de estar seguros. Hitler gritó y dio un golpe sobre el escritorio. (Esto representó un triunfo de Göring sobre Speer.) Hitler sacó un mapa y nos mostró cómo pensaba cortar las provisiones de toallas calientes para ablandar barbas a Inglaterra. Bloqueando los Dardanelos, Doenitz podía conseguir que las toallas no fueran desembarcadas ni pudieran ser aplicadas a los ansiosos rostros ingleses que las esperaban con impaciencia. Pero el punto fundamental seguía sin solución: ¿podía Hitler vencer a Churchill en matería de patillas? Himmler dijo que Churchill llevaba ventaja y que tal vez sería imposible alcanzarle. Göring, ese vacuo optimista, dijo que probablemente a Hitler le crecerían más rápido las patillas, sobre todo si se concentraba todo el poderío de Alemania en un esfuerzo conjunto. Von Rundstedt, en una reunión del Estado Mayor, dijo que sería un error intentar que crecieran patillas en dos frentes al mismo tiempo y aconsejó que sería más sabio concentrar todos los esfuerzos en una sola buena patilla. Hitler replicó que él podía hacerlo en las dos mejillas de forma simultánea. Rommel estuvo de acuerdo con von Rundstedt. «Nunca saldrán iguales, mein Führer», dijo, en todo caso, no si las apura». Hitler montó en cólera y dijo que eso era asunto suyo y de su barbero. Speer prometió que podía triplicar nuestra producción de crema de afeitar en el otoño y Hitler se puso eufórico. Luego, en el invierno de 1942, lo rusos lanzaron una contraofensiva, y las patillas dejaron de crecer. Hitler se desalentó temiendo que muy pronto Churchill tendría un excelente aspecto mientras que él seguiría siendo «ordinario», pero poco tiempo después recibimos noticias de que Churchill había abandonado la idea de las patillas por ser demasiado cara. Una vez más, el Führer había probado tener la razón.

Después de la invasión de los Aliados, a Hitler el cabello se le puso seco y desordenado. Esto se debió en parte al éxito de los Aliados y en parte a los consejos de Goebbels, quien le dijo que se lo lavara a diario. Cuando esto llegó a oídos del general Guderian, éste regresó inmediatamente del frente ruso y le dijo al Führer que no debía ponerse champú en el pelo más de tres veces por semana. Este era el procedimientoque había seguido el Estado Mayor con gran éxito en las dos guerras anteriores. Hitler una vez más pasó por encima de los generales y continuó con el lavado diario. Bormann ayudaba a Hitler a secárselo y siempre parecía estar presente con un peine en la mano. Al final Hitler empezó a depender de Bormann y, antes de mirarse en el espejo, siempre hacía que Bormann se mirase primero. A medida que las fuerzas aliadas avanzaban al este, el estado del pelo de Hitler empeoraba. Con el pelo seco y descuidado, Hitler soñaba durante horas seguidas con el corte de pelo y el afeitado que se haría el día en que Alemania ganase la guerra; se haría incluso, quizás, lustrar los zapatos. Ahora me doy cuenta de que nunca tuvo la intención de hacerlo.

Un día, Hess cogió la botella de gel del Führer y se fue a Inglaterra en un avión. El alto mando alemán se enfureció. Creía que Hess iba a entregársela a los aliados a cambio de una amnistía para él. Hitler se enfureció de forma especial cuando se enteró de la noticia porque acababa de salir de la ducha y estaba a punto de acicalarse el pelo. (Tiempo después, Hess explicó en Nuremberg que su plan era hacerle un tratamiento de cráneo a Churchill en un esfuerzo por terminar la guerra. Llegó incluso a agachar a Churchill sobre una palangana pero en ese momento fue aprehendido.)

A finales de 1944, Göring se dejó el bigote y esto hizo correr el chisme de que pronto reemplazaría a Hitler. Hitler se enfureció y acusó a Göring de deslealtad. «Sólo debe haber un bigote entre los líderes del Reich, ¡el mío!», gritó. Göring argumentó que dos bigotes podían dar al pueblo alemán una mayor sensación de esperanza acerca de la guerra, que iba mal, pero Hitler pensó que no. Luego, en enero de 1945, fracasó un complot de varios generales para afeitar el bigote de Hitler mientras dormía y proclamar a Doenitz el nuevo líder, cuando von Stauffenberg, en la oscuridad del dormitorio de Hitler, sólo le afeitó, por equivocación, una de las cejas. Se proclamó el estado de emergencia y, de improviso, Goebbels apareció en mi barbería. «Acaban de atentar contra el bigote del Führer, pero han fracasado», dijo tembloroso. Goebbels se las arregló para que yo hablara por la radio y me dirigiera al pueblo alemán, lo que hice con el mínimo de notas. «El Führer está en perfecto estado», les aseguré, «todavía está en posesión de su bigote. Repito. El Führer todavía está en posesión de su bigote. Un complot para afeitárselo ha fracasado».

Cerca del final, fui al bunker de Hitler. Las fuerzas aliadas se cernían sobre Berlín, y Hitler opinaba que, si los rusos llegaban primero, necesitaría un corte completo de cabello, pero que, si lo hacían los americanos, podía simplemente despuntárselo. Todo el mundo se peleó. En medio de todo esto, Bormann quiso afeitarse y yo le prometí que me pondría a trabajar según un plan detallado. Hitler se puso moroso y distante. Habló de hacerse una raya en el pelo de oreja a oreja y luego afirmó que el desarrollo de la máquina de afeitar eléctrica volcaría la guerra a favor de Alemania. «Seremos capaces de afeitarnos en segundos, ¿eh, Schmeed?», murmuró. Mencionó otros esquemas enloquecidos y dijo que algún día no sólo haría que le cortasen el pelo, sino que le hicieran una permanente. Obsesionado como de costumbre por el tamaño, juró que un día tendría un inmenso copete, «uno que hará temblar al mundo y requerirá una guardia de honor para peinar». Al final, nos estrechamos la mano y le hice un último corte. Me dio una propina de un pfenning. «Ojalá pudiera ser más» dijo «pero, desde que los Aliados invadieron Europa, he estado un poco corto de dinero».

Woody Allen